Un evento traumático no golpea sólo a quienes sufren lesiones o a las familias que pierden a un ser querido. También afecta a quienes presenciaron el hecho, a los sobrevivientes, a los equipos de emergencia y a una comunidad que ve alterada su sensación de seguridad.
En los primeros días y semanas es esperable sentir miedo, angustia, tristeza, insomnio, imágenes intrusivas o hipervigilancia. Son reacciones humanas frente a una experiencia extrema. Sin embargo, si el malestar se prolonga o interfiere con la vida cotidiana, se requiere de apoyo profesional.
Especial atención merecen los niños y lactantes expuestos al evento. Aunque no puedan expresar con palabras lo vivido, el estrés puede manifestarse en alteraciones del sueño, cambios en la alimentación, irritabilidad o dificultades para regular sus emociones. La contención de sus cuidadores y la intervención temprana, cuando corresponda, son claves para su desarrollo.
También es importante recordar que la recuperación no termina con el cierre de la emergencia ni con el fin de la cobertura mediática. El duelo y el trauma tienen tiempos propios: algunas personas se repondrán en semanas, otras necesitarán mucho más.
Las redes de apoyo cumplen aquí un papel decisivo. Escuchar sin minimizar, respetar los tiempos de cada persona, evitar la exposición reiterada a imágenes del hecho y facilitar el acceso oportuno a atención psicológica son acciones concretas que pueden marcar una diferencia real. La intervención temprana y el seguimiento adecuado reducen el riesgo de consecuencias más graves y favorecen un afrontamiento más saludable.
Cuando entendemos que la salud mental también forma parte de la respuesta ante una emergencia, comenzamos a reconstruir verdaderamente nuestras comunidades.
Las tragedias colectivas nos invitan a preguntarnos cómo cuidamos a quienes sobreviven. La salud mental no es un aspecto secundario de la emergencia: debe estar presente desde el inicio y acompañado al proceso de recuperación. Tan importante como mejorar precios y servicios es sostener del dolor, fortalecer vínculos y crear condiciones para que las personas recuperen la confianza, la esperanza y la seguridad.
Autor(es):
Directora Carrera de Psicología, UDLA Sede Viña del Mar

