Chile cuenta desde 2015 con la Ley de Inclusión Escolar y con el Decreto 83, que promueve la diversificación de la enseñanza. Las normas abrieron puertas; sin embargo, cruzar una puerta no equivale a habitar un espacio. La pertenencia no se decreta, se construye en gestos cotidianos, en el nombre bien dicho, en la lengua materna que se escucha sin extrañeza, en el tiempo que alguien espera una respuesta que tarda en llegar.
Las aulas chilenas reúnen hoy a estudiantes migrantes, de pueblos originarios, con discapacidad, de distintas creencias y trayectorias. Esa diversidad no irrumpe en la escuela, es la escuela. Es el país que se sienta cada mañana frente al pizarrón.
Pensar la inclusión como expresión cultural implica mirarla más allá del apoyo técnico o del protocolo. Significa entenderla como una forma de convivir, como un relato colectivo donde cada identidad aporta algo que antes no estaba. Cuando un curso aprende a saludar en creole, a nombrar el mundo en mapudungun o a comunicarse en lengua de señas, no solo aprende contenidos, amplía su manera de ser comunidad.
Autor(es):
Jessica DuránAcadémica Carrera de Pedagogía en
Educación Diferencial, Universidad
de Las Américas, sede Viña del Mar



