Durante gran parte de la historia los humanos nos consideramos únicos en nuestra capaacidad de experimentar emociones, resolver problemas o tomar decisiones. Los animales, en cambio, fueron frecuentemente descritos como seres que simplemente respondían a estímulos, guiados por el instinto. Hoy, la evidencia científica nos obliga a revisar esa mirada.
Sabemos que numerosas especies son sintientes, es decir, tienen la capacidad de experimentar estados subjetivos de dolor, miedo, placer, frustración y sufrimiento. Lo que les ocurre importa para ellos. No son máquinas biológicas: son individuos que perciben, sienten y experimentan el mundo desde sus propias capacidades.
La ciencia también ha revelado destrezas cognitivas sorprendentes. Cuervos que utilizan herramientas, elefantes que muestran respuestas complejas frente a sus pares muertos, pulpos que resuelven problemas, cerdos que aprenden tareas y perros capaces de interpretar señales humanas, son solo algunos ejemplos. Cada descubrimiento nos recuerda que las diferencias entre especies no implican ausencia de habilidades, experiencias o necesidades.
El verdadero desafío, entonces, no es solamente científico, sino ético. No necesitamos que los animales sean iguales a nosotros para reconocer la importancia de sus vivencias.
Si sabemos que pueden sufrir, ¿cómo evaluamos las condiciones en que viven y mueren? Si reconocemos que tienen necesidades físicas y conductuales, e intereses propios, ¿cómo deberíamos analizar nuestras prácticas de producción, investigación, entretenimiento o convivencia? Y si también pueden experimentar estados positivos, ¿qué responsabilidad tenemos en promover su bienestar?
Estas preguntas no tienen respuestas simples. Nuestra relación con los animales es compleja y comprende dimensiones culturales, económicas, sociales y ambientales. Pero el conocimiento genera responsabilidad. Mientras más sabemos sobre sus capacidades, necesidades y experiencias, menos justificable resulta ignorarlas al momento de tomar decisiones.
En este Día Mundial de los Animales, más que preguntarnos cuánto nos gustan, quizás deberíamos cuestionarnos qué estamos dispuestos a cambiar cuando comprendemos mejor quiénes son y qué requieren.
Porque la pregunta ya no es cuánto conocemos sobre los animales, sino qué haremos nosotros con todo lo que ya sabemos.
Autor(es):
María José UbillaDirectora Magíster
en Bienestar Animal
y Etología Aplicada
Universidad de Las
Américas


