La SegundaTiempo de impostores
Según el detector (imperfecto) Pangram, la novela Donde el agua trabaja, de David Silva Rojas, ganadora de un premio internacional, habría sido generada por IA. Se ha confirmado que Thélyson Orélien la usó para redactar su premiada novela C'était ça ou mourir. Políticos alemanes han estado bajo sospecha de escribir discursos y columnas con IA (retiradas por los periódicos).
Los editores de revistas científicas se quejan por los muchos artículos escritos con IA que reciben, y por las evaluaciones de pares así hechas. Anecdóticamente se sabe, y es fácil notarlo si se conocen los estilos, que no pocos interlocutores en los debates públicos redactan así sus columnas.
Escritores, políticos, académicos, interlocutores públicos, y probablemente muchos otros, externalizan uno de los aspectos constitutivos, fundamentales, y dadores de sentido de su labor a la IA ¿Qué está pasando? La IA ofrece algo nuevo: realizar una tarea compleja completa con resultados logrados que se pueden presentar como propios. Y ello despierta los apetitos impostores.
Un impostor es quien intencionalmente se presenta como lo que no es. Quizás todos lo somos en algún grado y los problemas surgen cuando se exagera, como sostiene Cercas en su excelente novela El impostor. El fenómeno ha alcanzado grados tragicómicos con las redes sociales (a veces muy sentidamente con las apps de citas). Ahora la IA posibilita impostarse con esteroides.
Es difícil, y lamentablemente tan fácil, entender que sucede. Buscamos el reconocimiento de los otros. Lo explica Hegel con la dialéctica del amo y el esclavo. Pero algunos desligan el reconocimiento reclamado de su propia subjetividad como autores, contentándose con que se direccione al producto. Es decir, no buscar reconocimiento al presentarse como autores de algo que no les pertenece, sino admiración.
Quizás muchos no lo notan. Nuestra disposición al autoengaño es conocida (otros sí, y entonces es simple engaño): un mecanismo inconsciente para superar la disonancia cognitiva entre cómo nos presentamos y lo que en realidad somos. Además, se ha pesquisado el extraño fenómeno de que los usuarios de IA se consideran autores de los textos que la máquina escupe a sus prompts.
El viejo Marx sonreiría viendo como sus categorías perviven. Enajenación es cuando el producto del trabajo se nos presenta como ajeno porque no es resultado de actividad autónoma. Y si nos creemos sus autores es porque estamos imbuidos de falsa conciencia (el ser social dominante determina la conciencia; o, gramscianamente, interiorizamos la hegemonía cultural).
Estos impostores (escritores, políticos, académicos, interlocutores) se parecen al maratonista que toma un bus después de la partida, se baja poco antes de la meta, y luego se ufana de sus tiempos; y también al centauro invertido de Doctorow, en que la cabeza es la máquina, y el humano un apéndice cárnico (que se cree cabeza).
Daniel Loewe Facultad de Artes Liberales, Universidad Adolfo Ibáñez
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