EL Mercurio SábadoAnsiedad: la epidemia emocional entre los universitarios
Estudiantes, académicos y especialistas abordan en este reportaje las distintas dimensiones del malestar que atraviesa hoy el alumnado —ansiedad, soledad, exigencia académica e incertidumbre laboral— y las respuestas que están dando las instituciones. Pero también una pregunta más amplia: ¿qué clase de experiencia están viviendo quienes pasan por sus aulas? Desde otra vereda, hay profesores que, aunque defienden la importancia de la salud mental, cuestionan si esta no está siendo de cierta manera instrumentalizada de manera negativa por parte de los estudiantes.
A Sofía Fica (20) siempre le interesó conocer distintas culturas. Entender sus creencias, sus formas de ver la vida era algo que le fascinaba. Por eso, dice, aunque se sintió dividida entre Estudios Internacionales y Antropología, se inclinó por la segunda. La elección de la universidad, en cambio, no fue tan difícil: tanto su hermano, Diego, como su hermana, Romina, habían estudiado en la Chile. Él Ingeniería; ella, Arquitectura.
Aunque estaba acostumbrada a escuchar en su casa sobre el ritmo de estudios y también sobre otros aspectos de la vida estudiantil universitaria, como las asambleas y los paros, Sofía llegó a su primer día de clases en el campus Juan Gómez Millas con miedo. Más que miedo: tuvo una crisis de pánico. En 2024, cuando estaba cursando un preuniversitario, Sofía fue diagnosticada con ansiedad generalizada. Aun así, no esperaba que el comienzo de la vida universitaria le produjera una reacción como esa.
—Dije: ya, voy tarde el primer día, estoy sola y siento que me voy a perder, o quizás me voy a quedar sola todo el día y no voy a saber qué hacer —recuerda.
Una compañera que cursaba un año más la acompañó durante esa jornada. Después de conseguir calmarse, pudo continuar el día con normalidad. Pero la ansiedad no desapareció. Durante el primer semestre, comenzó a surgir en situaciones que, “vistas desde afuera podrían parecer pequeñas”, detalla, como conocer personas nuevas, hablar frente a sus compañeros, tener que exponerse delante de un curso de 120 estudiantes.
En el colegio había presentado trabajos muchas veces. La diferencia era que frente a ella, allá en el Liceo Carmela Carvajal, estaban personas con las que había compartido durante años. En la universidad, en cambio, debía hacerlo frente a gente a la que apenas conocía.
—No sabía cómo las otras personas podrían tomar lo que estaba diciendo —cuenta—. Eso me generaba mucha, mucha ansiedad.
Entonces no podía dejar de moverse de un lado hacia el otro. Eso, lejos de tranquilizarla, la dejaba más ansiosa. “Es como no tener control de mí misma”, comenta.
—¿Se lo comentaste a alguno de tus profesores?
—No.
—¿Por qué?
—En parte, porque pienso que es algo que debo resolver por mí misma. En parte, porque supongo que no es muy distinto de lo que experimentan mis compañeros. Yo creo que la mayoría de mi generación tiene ansiedad y aun así logra hacer todo.
Algo de razón tiene: de acuerdo con una encuesta desarrollada entre 2024 y 2025 por la Universidad Bernardo O'Higgins (UBO) a 760 estudiantes universitarios que acudieron al Centro de Atención Psicológica de la institución, el 73,1% presenta niveles severos o extremadamente severos de ansiedad. El informe también detectó que el 64,9% de los participantes registra depresión severa y el 63,7% muestra altos niveles de estrés.
Entre sus conclusiones, Viviana Tartakowsky, directora de la Escuela de Psicología de la UBO, advirtió que la ansiedad “parece haberse transformado en un problema endémico en la población joven”.
Lo que parece haber cambiado es la suma de factores que rodean la experiencia universitaria y, también, la forma en que los jóvenes reconocen y nombran lo que les pasa, dice Guila Sosman, psicóloga clínica infantojuvenil. La académica de la Universidad Diego Portales y directora del Centro de Psicoterapia Acompañar identifica una primera diferencia respecto de generaciones anteriores: hoy los jóvenes están mucho más atentos a su salud mental. Tienen palabras para describir lo que sienten y, en muchos casos, han aprendido desde el colegio a identificar síntomas y diagnósticos.
Eso puede ser positivo. Una persona que antes decía que estaba sobrepasada ahora, como Sofía, puede reconocer una crisis de ansiedad y pedir ayuda. Pero esa mayor familiaridad con el lenguaje psicológico también tiene un reverso. Sosman observa que algunas categorías diagnósticas se han incorporado al habla cotidiana hasta el punto de utilizarse para describir experiencias que no necesariamente corresponden a un trastorno.
—Hay un lenguaje psicológico que a veces es patologizante. Pueden decir “estoy ansioso” o esta persona “es bipolar”.
En redes sociales, el fenómeno se amplifica. TikTok, YouTube e Instagram se han convertido en espacios donde se comparten contenidos sobre síntomas, diagnósticos, rasgos de personalidad y formas de vincularse. Se habla de apego evitativo, dependencia emocional, TDA o TEA con una familiaridad que hasta hace unos años no formaba parte del lenguaje cotidiano de los jóvenes.
Tomás –quien pide ocultar su apellido– reconoce que se “autodiagnosticó” ansiedad. Aunque en su universidad hay un departamento de salud mental estudiantil que realiza atención psicológica gratuita, optó por redes sociales por sentirse “muy frustrado”:
—Yo intentaba pedir horas todos los días y nunca había. Entre los trabajos, pruebas, mi trabajo y todo lo que tenía que hacer, era muy difícil encontrar apoyo. Entonces empecé a ver información de psicólogos en redes sociales.
—¿A qué conclusión llegaste?
—A que tengo un “trastorno mixto ansioso-depresivo” —afirma.
Tomás dice que encaja “en todos los síntomas”. Y los enumera: “Siento preocupación constante, cansancio emocional, dificultad para disfrutar las cosas que antes me daban placer, tristeza, nerviosismo, fatiga crónica… Es distinto a la ansiedad pura, donde predomina el miedo, la hiperactividad y la preocupación excesiva”.
Para Sosman, esa democratización del conocimiento sobre salud mental abre una paradoja, porque puede hacer que se confunda el malestar propio de una etapa de la vida con una enfermedad.
—Hay sobrediagnóstico y demasiadas categorías de todo —plantea.
En un contexto como el actual, en el que solo dos de cada diez chilenos creen que se puede confiar en la mayoría de las personas, de acuerdo con la Encuesta Bicentenario UC, la situación genera una cierta fractura entre los pares: no se vinculan con otros porque creen que estos no los entienden. O solo se vinculan con personas similares a sí mismos.
La consecuencia de lo anterior, dice Sosman, puede ser compleja para quienes sí viven un trastorno de salud mental. Si la ansiedad, la depresión o incluso ciertos diagnósticos se convierten en palabras de uso cotidiano, el sufrimiento más severo corre el riesgo de perder gravedad.
—Se relativiza o se le baja el perfil y, al final, quienes realmente sufren algún tipo de enfermedad pueden no sentir que se les toma en cuenta con la seriedad que corresponde —dice.
No todo está en el lenguaje. También hay condiciones que esta generación ha debido enfrentar y que no existían para sus antecesores de la misma manera, dice Viviana Guajardo, psiquiatra comunitaria.
Una de ellas es la hiperconectividad: estar permanentemente expuestos a la vida de otros, compararse con ellos y sentir que siempre hay alguien rindiendo más, viajando más, teniendo más amigos, logrando más. A eso se suma la pandemia, que interrumpió durante años los espacios de socialización de quienes hoy llegan a la universidad.
Son problemas nuevos que se superponen con otros antiguos, como estudiar y trabajar, vivir lejos de la familia, enfrentar dificultades económicas o responder a una alta carga académica.
Consciente de ese escenario, en 2023 la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile decidió que no podía limitarse a quienes llegaran a una consulta. Guajardo, actual coordinadora de la estrategia, explica que la idea surgió de la constatación de que las crisis de los estudiantes no ocurren aisladas de la comunidad universitaria en la que están insertos.
—Muchos académicos y muchos funcionarios temen no saber cómo actuar o qué hacer con estudiantes en ciertas situaciones de crisis.
Por eso, una de las primeras medidas fue ampliar la formación en salud mental a quienes rodean cotidianamente a los estudiantes. La facultad comenzó a ofrecer capacitaciones en primeros auxilios psicológicos, bienestar, autocuidado y manejo del estrés para académicos y funcionarios.
La apuesta, sin embargo, también implica revisar la propia experiencia universitaria.
Guajardo reconoce que cuestiones como la concentración de evaluaciones, la carga académica o la forma en que se organiza el currículum pueden terminar afectando el bienestar. No se trata de cambios que puedan implementarse de un día para otro, pero sí de empezar a pensar el cuidado como parte de la formación.
Esa idea comenzó a incorporarse desde el ingreso mismo a la universidad: las ocho carreras de la Facultad de Medicina cuentan con un curso de introducción a la vida universitaria que ocupa las dos primeras semanas del primer año. Para hacerlo posible, incluso se modificó el calendario académico. La lógica detrás de la iniciativa es que la salud mental no debería aparecer únicamente cuando un estudiante está en crisis.
Universidades de todo el país han implementado medidas en la misma línea. La más común es la existencia de una semana de receso académico a mitad de cada semestre. Pero hay otras amparadas por dictámenes de la Superintendencia de Educación Superior, como la de proteger la salud mental y la convivencia de estudiantes en campos clínicos, que empezó a regir en enero tras la muerte por suicidio de la estudiante de terapia ocupacional Catalina Cayazaya en 2024.
Y otras más: en la Universidad Católica, por ejemplo, se creó un mecanismo digital a través del cual se puede solicitar una suspensión por salud física o mental. En la Universidad Andrés Bello, una plataforma de telesalud preventiva gratuita registró entre marzo y mayo de este año casi 1.500 atenciones a estudiantes, profesores, funcionarios y personas externas a la institución. En la Universidad de Santiago existe desde hace años la campaña “la Usach te cuida, cuídate en la Usach”, que incorpora no solo terapias tradicionales, sino también complementarias, como florales y transpersonales, además de talleres de bienestar psicológico de manejos de emociones, organizaciones de semestres, manejo de insomnios, entre otros.
Aun así, “hay días en los que no parece ser suficiente”, dice Catalina –quien pide ocultar su apellido–, estudiante de la Usach. “Por eso también fuimos a paro”, recuerda. La salud mental fue una de las principales consignas de las paralizaciones estudiantiles realizadas tanto en la Usach como en la Universidad de Chile en el primer semestre de este año.
No es baladí su comentario. El 12 de mayo, un estudiante de la Facultad de Administración y Economía (FAE), murió por suicidio al interior del campus.
La Usach siguió las llamadas acciones de postvención recomendadas por la Mesa Técnica de Prevención del Suicidio de la Seremi de Salud, que propone un equipo de respuesta que dé orientaciones claras sobre los pasos a seguir, ayudas psicológicas a testigos, coordinación con autoridades y la difusión de información de forma segura. Una guía entregada a los profesores, por ejemplo, hacía énfasis en los canales de ayuda (como la línea de prevención de suicidio del Minsal *4141), en que volver a clases requería “sensibilidad y trabajo comunitario”, que los docentes no debían reemplazar la atención de salud mental, sino ofrecer espacios reconociendo lo ocurrido de forma “respetuosa y sensible”, sin la necesidad de “profundizar en detalles”.
Desde entonces, la universidad también incorporó una mesa de salud mental que, entre otras cosas, está implementando el instrumento ASQ (Ask Suicide-Screening Questions), un cuestionario de detección de riesgo suicida.
—Me alegra que se esté haciendo todo eso, pero honestamente siempre sentí que no es suficiente. En el paro hablábamos de salud mental y la necesidad de conversar sobre lo que nos pasaba y acompañarnos, pero en las charlas con expertos y actividades que ha hecho la U han ido muy pocos estudiantes. Yo misma no fui y no te sabría decir por qué. La desesperanza, ¿quizás? No lo sé —reconoce Catalina.
En la Mesa Técnica suelen comentar sobre la salud mental de los estudiantes. Este año, han mencionado justamente la desesperanza, la ansiedad y el fallecimiento por suicidio de algunos jóvenes universitarios que estudiaban en Santiago. Pero no han informado públicamente cuántos han sido por el llamado efecto Werther, que supone la imitación de la conducta suicida cuando no se aborda este fenómeno de manera ética.
Una fuente que participa de la mesa afirma tener la sensación de que hubo un aumento de las muertes este año, pero matiza el dato: la comisión de educación creció en los últimos meses, lo que puede significar que ahora están al tanto de más fallecimientos por suicidio de estudiantes que antes –lo cual no significa que necesariamente haya más–.
De todas maneras, plantea Ana Paula Vieira, psicóloga y directora de la fundación Míranos —que se especializa en la prevención del suicidio— no se puede simplificar un fenómeno como este, que “es complejo y multicausal”. Entre los factores que pueden influir en una conducta suicida están los intentos previos, la soledad no deseada, los conflictos familiares, enfermedades, un trauma, un acto de violencia, la pérdida de un trabajo, el aislamiento, dificultades financieras, ser víctima de un hostigamiento, entre otras. “Estos factores no actúan de manera aislada, ni determinan por sí mismos la conducta suicida, sino que pueden interactuar entre sí y adquirir distinta relevancia según la historia, las características y las circunstancias de cada persona”, puntualiza Ana Paula Vieira.
Ante este escenario, dice Viviana Tartakowsky, de la UBO, en una publicación difundida en sus redes sociales, son necesarias respuestas “institucionales y estatales”. En el caso de los suicidios, menciona, “el tratamiento de estudiantes debe transformarse en una política pública, porque no puede recaer únicamente en las universidades”.
Pero hay algo más que el cuidado tradicional de la salud mental, dice Lorena Herrera, académica del Departamento de Estudios Pedagógicos de la Universidad de Chile: hay que mirar hacia dentro de las salas de clases.
—El saber pedagógico por mucho tiempo fue despreciado en los espacios académicos, y afortunadamente, gracias a las presiones sociales estudiantiles y a los cambios que han traído movimientos como el feminista, en las universidades se está trabajando la importancia de la formación pedagógica de quienes enseñan en esos espacios.
Sofía menciona, desde su experiencia, que tiene “profes que les gusta meter miedo. Y me provocan a mí y a mis compañeros más ansiedad. Siento que eso igual no sirve para enseñar…”. De manera similar, Tomás comenta: “El semestre pasado tuve un profe que se enorgullecía de rajarnos. Decía: ‘Yo no pongo sietes y este es el ramo más difícil de la carrera'. ¿De qué sirve eso? A veces con mis amigos hablamos que la forma en que están organizadas las universidades, cómo enseñan, evalúan, distribuyen las cargas, y qué entienden por éxito académico está contribuyendo, de alguna manera, al malestar que vivimos”.
Desde otra vereda, hay profesores que, aunque defienden la importancia de la salud mental, cuestionan si esta no está siendo de cierta manera instrumentalizada de manera negativa por parte de los estudiantes. Es el caso de un profesor de la Universidad San Sebastián, quien justamente por saber lo “controversial” que puede ser su postura, pide anonimato: “Lo que veo hoy es que tanto los jóvenes como las casas de estudios miran la educación como un producto. Si la educación es un producto y ellos pagan por obtenerlo, entonces se les trata como clientes. ¿Y qué pasa con eso? El cliente siempre tiene la razón”.
Lo detalla: en su caso, después de un mal rendimiento en la encuesta de evaluación docente, su jefatura le pidió que bajara la cantidad de controles y que pensara en modalidades de evaluaciones “menos penalizantes”. “Antes se sabía que mi ramo era un filtro dentro de la carrera, ahora me siento obligado a pasar a todos, o a casi todos”, comenta.
Otra profesora, de la Universidad Alberto Hurtado, quien también pide anonimato, menciona otro elemento: la tolerancia a la frustración. “Lo que me preocupa es que pareciera que esta generación ve el echarse un ramo como si fuera el fin del mundo, cuando la universidad también se trata de aprender a equivocarse, a intentarlo de nuevo, a identificar en qué somos mejores o peores. Yo les digo a mis estudiantes que la vida es compleja, y ser joven también lo es: muchas veces en esos momentos están descubriendo quiénes son, están viviendo sus primeras experiencias de la vida y lejos de los padres”, detalla.
—¿Le ha pasado de tener que buscar alternativas para que un estudiante no reprobara?
—Sí. Haciendo excepciones que jamás habría hecho en otros tiempos. Pero si un estudiante me dice que si reprueba el ramo se saldrá de la carrera, o tendrá problemas con su familia o tendrá una crisis, por supuesto que me siento de manos atadas. Prefiero que esté estudiando a que sienta que la universidad no es para él.
Otros dos profesores –uno de la Universidad Católica y otro de la Universidad de las Américas– entrevistados para este reportaje dijeron sentirse “orgullosos” de seguir siendo “exigentes” en sus disciplinas, independientemente del contexto actual. En ambos casos solicitaron anonimato por temor a represalias o “funas” estudiantiles.
Para Lorena Herrera, aunque ese tipo de exigencias o formas de expresarse pueden ser prácticas consideradas “nocivas” por parte del alumnado, pueden deberse a un “desconocimiento del saber pedagógico”.
—Yo diría que la violencia menos vista pero más masificada en las universidades es la anulación de las personas en su diversidad y en su potencial. Y eso, para quienes somos pedagogos de formación, se resuelve porque nosotros sabemos que podemos enseñar de maneras diversas y podemos evaluar de maneras diversas y que tampoco hay un punto de llegada fijo, como por ejemplo la idea de la excelencia, de la calidad, del talento, de que alguien sirve o no sirve para una profesión
La presión por rendir tampoco ocurre en el vacío. Una de las preocupaciones más expresadas por los estudiantes es el futuro, en una época en la que estudiar una carrera universitaria ya no entrega las mismas certezas que antes.
El mercado laboral al que los estudiantes, de titularse, entrarán tiene muchos más universitarios que hace 15 años. De acuerdo con el Observatorio del Contexto Económico de la Universidad Diego Portales, entre enero y marzo de 2010, el 21,1% de la fuerza laboral chilena tenía educación superior completa; en el mismo trimestre de este año, la cifra llegó a 41,5%. Ese mismo trimestre, el desempleo entre quienes habían completado los estudios universitarios llegó a su nivel más alto de la serie, si se excluye la pandemia. Para algunos, la pregunta sobre qué harán cuando egresen acompaña incluso el momento en que recién están entrando, entusiasmados, en una carrera. Como Sofía en su primer día de clases.
Por Amanda Marton Ramaciotti. Ilustración Francisco Javier Olea
A Sofía Fica (20) siempre le interesó conocer distintas culturas. Entender sus creencias, sus formas de ver la vida era algo que le fascinaba. Por eso, dice, aunque se sintió dividida entre Estudios Internacionales y Antropología, se inclinó por la segunda. La elección de la universidad, en cambio, no fue tan difícil: tanto su hermano, Diego, como su hermana, Romina, habían estudiado en la Chile. Él Ingeniería; ella, Arquitectura.
Aunque estaba acostumbrada a escuchar en su casa sobre el ritmo de estudios y también sobre otros aspectos de la vida estudiantil universitaria, como las asambleas y los paros, Sofía llegó a su primer día de clases en el campus Juan Gómez Millas con miedo. Más que miedo: tuvo una crisis de pánico. En 2024, cuando estaba cursando un preuniversitario, Sofía fue diagnosticada con ansiedad generalizada. Aun así, no esperaba que el comienzo de la vida universitaria le produjera una reacción como esa.
—Dije: ya, voy tarde el primer día, estoy sola y siento que me voy a perder, o quizás me voy a quedar sola todo el día y no voy a saber qué hacer —recuerda.
Una compañera que cursaba un año más la acompañó durante esa jornada. Después de conseguir calmarse, pudo continuar el día con normalidad. Pero la ansiedad no desapareció. Durante el primer semestre, comenzó a surgir en situaciones que, “vistas desde afuera podrían parecer pequeñas”, detalla, como conocer personas nuevas, hablar frente a sus compañeros, tener que exponerse delante de un curso de 120 estudiantes.
En el colegio había presentado trabajos muchas veces. La diferencia era que frente a ella, allá en el Liceo Carmela Carvajal, estaban personas con las que había compartido durante años. En la universidad, en cambio, debía hacerlo frente a gente a la que apenas conocía.
—No sabía cómo las otras personas podrían tomar lo que estaba diciendo —cuenta—. Eso me generaba mucha, mucha ansiedad.
Entonces no podía dejar de moverse de un lado hacia el otro. Eso, lejos de tranquilizarla, la dejaba más ansiosa. “Es como no tener control de mí misma”, comenta.
—¿Se lo comentaste a alguno de tus profesores?
—No.
—¿Por qué?
—En parte, porque pienso que es algo que debo resolver por mí misma. En parte, porque supongo que no es muy distinto de lo que experimentan mis compañeros. Yo creo que la mayoría de mi generación tiene ansiedad y aun así logra hacer todo.
Algo de razón tiene: de acuerdo con una encuesta desarrollada entre 2024 y 2025 por la Universidad Bernardo O'Higgins (UBO) a 760 estudiantes universitarios que acudieron al Centro de Atención Psicológica de la institución, el 73,1% presenta niveles severos o extremadamente severos de ansiedad. El informe también detectó que el 64,9% de los participantes registra depresión severa y el 63,7% muestra altos niveles de estrés.
Entre sus conclusiones, Viviana Tartakowsky, directora de la Escuela de Psicología de la UBO, advirtió que la ansiedad “parece haberse transformado en un problema endémico en la población joven”.
Lo que parece haber cambiado es la suma de factores que rodean la experiencia universitaria y, también, la forma en que los jóvenes reconocen y nombran lo que les pasa, dice Guila Sosman, psicóloga clínica infantojuvenil. La académica de la Universidad Diego Portales y directora del Centro de Psicoterapia Acompañar identifica una primera diferencia respecto de generaciones anteriores: hoy los jóvenes están mucho más atentos a su salud mental. Tienen palabras para describir lo que sienten y, en muchos casos, han aprendido desde el colegio a identificar síntomas y diagnósticos.
Eso puede ser positivo. Una persona que antes decía que estaba sobrepasada ahora, como Sofía, puede reconocer una crisis de ansiedad y pedir ayuda. Pero esa mayor familiaridad con el lenguaje psicológico también tiene un reverso. Sosman observa que algunas categorías diagnósticas se han incorporado al habla cotidiana hasta el punto de utilizarse para describir experiencias que no necesariamente corresponden a un trastorno.
—Hay un lenguaje psicológico que a veces es patologizante. Pueden decir “estoy ansioso” o esta persona “es bipolar”.
En redes sociales, el fenómeno se amplifica. TikTok, YouTube e Instagram se han convertido en espacios donde se comparten contenidos sobre síntomas, diagnósticos, rasgos de personalidad y formas de vincularse. Se habla de apego evitativo, dependencia emocional, TDA o TEA con una familiaridad que hasta hace unos años no formaba parte del lenguaje cotidiano de los jóvenes.
Tomás –quien pide ocultar su apellido– reconoce que se “autodiagnosticó” ansiedad. Aunque en su universidad hay un departamento de salud mental estudiantil que realiza atención psicológica gratuita, optó por redes sociales por sentirse “muy frustrado”:
—Yo intentaba pedir horas todos los días y nunca había. Entre los trabajos, pruebas, mi trabajo y todo lo que tenía que hacer, era muy difícil encontrar apoyo. Entonces empecé a ver información de psicólogos en redes sociales.
—¿A qué conclusión llegaste?
—A que tengo un “trastorno mixto ansioso-depresivo” —afirma.
Tomás dice que encaja “en todos los síntomas”. Y los enumera: “Siento preocupación constante, cansancio emocional, dificultad para disfrutar las cosas que antes me daban placer, tristeza, nerviosismo, fatiga crónica… Es distinto a la ansiedad pura, donde predomina el miedo, la hiperactividad y la preocupación excesiva”.
Para Sosman, esa democratización del conocimiento sobre salud mental abre una paradoja, porque puede hacer que se confunda el malestar propio de una etapa de la vida con una enfermedad.
—Hay sobrediagnóstico y demasiadas categorías de todo —plantea.
En un contexto como el actual, en el que solo dos de cada diez chilenos creen que se puede confiar en la mayoría de las personas, de acuerdo con la Encuesta Bicentenario UC, la situación genera una cierta fractura entre los pares: no se vinculan con otros porque creen que estos no los entienden. O solo se vinculan con personas similares a sí mismos.
La consecuencia de lo anterior, dice Sosman, puede ser compleja para quienes sí viven un trastorno de salud mental. Si la ansiedad, la depresión o incluso ciertos diagnósticos se convierten en palabras de uso cotidiano, el sufrimiento más severo corre el riesgo de perder gravedad.
—Se relativiza o se le baja el perfil y, al final, quienes realmente sufren algún tipo de enfermedad pueden no sentir que se les toma en cuenta con la seriedad que corresponde —dice.
No todo está en el lenguaje. También hay condiciones que esta generación ha debido enfrentar y que no existían para sus antecesores de la misma manera, dice Viviana Guajardo, psiquiatra comunitaria.
Una de ellas es la hiperconectividad: estar permanentemente expuestos a la vida de otros, compararse con ellos y sentir que siempre hay alguien rindiendo más, viajando más, teniendo más amigos, logrando más. A eso se suma la pandemia, que interrumpió durante años los espacios de socialización de quienes hoy llegan a la universidad.
Son problemas nuevos que se superponen con otros antiguos, como estudiar y trabajar, vivir lejos de la familia, enfrentar dificultades económicas o responder a una alta carga académica.
Consciente de ese escenario, en 2023 la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile decidió que no podía limitarse a quienes llegaran a una consulta. Guajardo, actual coordinadora de la estrategia, explica que la idea surgió de la constatación de que las crisis de los estudiantes no ocurren aisladas de la comunidad universitaria en la que están insertos.
—Muchos académicos y muchos funcionarios temen no saber cómo actuar o qué hacer con estudiantes en ciertas situaciones de crisis.
Por eso, una de las primeras medidas fue ampliar la formación en salud mental a quienes rodean cotidianamente a los estudiantes. La facultad comenzó a ofrecer capacitaciones en primeros auxilios psicológicos, bienestar, autocuidado y manejo del estrés para académicos y funcionarios.
La apuesta, sin embargo, también implica revisar la propia experiencia universitaria.
Guajardo reconoce que cuestiones como la concentración de evaluaciones, la carga académica o la forma en que se organiza el currículum pueden terminar afectando el bienestar. No se trata de cambios que puedan implementarse de un día para otro, pero sí de empezar a pensar el cuidado como parte de la formación.
Esa idea comenzó a incorporarse desde el ingreso mismo a la universidad: las ocho carreras de la Facultad de Medicina cuentan con un curso de introducción a la vida universitaria que ocupa las dos primeras semanas del primer año. Para hacerlo posible, incluso se modificó el calendario académico. La lógica detrás de la iniciativa es que la salud mental no debería aparecer únicamente cuando un estudiante está en crisis.
Universidades de todo el país han implementado medidas en la misma línea. La más común es la existencia de una semana de receso académico a mitad de cada semestre. Pero hay otras amparadas por dictámenes de la Superintendencia de Educación Superior, como la de proteger la salud mental y la convivencia de estudiantes en campos clínicos, que empezó a regir en enero tras la muerte por suicidio de la estudiante de terapia ocupacional Catalina Cayazaya en 2024.
Y otras más: en la Universidad Católica, por ejemplo, se creó un mecanismo digital a través del cual se puede solicitar una suspensión por salud física o mental. En la Universidad Andrés Bello, una plataforma de telesalud preventiva gratuita registró entre marzo y mayo de este año casi 1.500 atenciones a estudiantes, profesores, funcionarios y personas externas a la institución. En la Universidad de Santiago existe desde hace años la campaña “la Usach te cuida, cuídate en la Usach”, que incorpora no solo terapias tradicionales, sino también complementarias, como florales y transpersonales, además de talleres de bienestar psicológico de manejos de emociones, organizaciones de semestres, manejo de insomnios, entre otros.
Aun así, “hay días en los que no parece ser suficiente”, dice Catalina –quien pide ocultar su apellido–, estudiante de la Usach. “Por eso también fuimos a paro”, recuerda. La salud mental fue una de las principales consignas de las paralizaciones estudiantiles realizadas tanto en la Usach como en la Universidad de Chile en el primer semestre de este año.
No es baladí su comentario. El 12 de mayo, un estudiante de la Facultad de Administración y Economía (FAE), murió por suicidio al interior del campus.
La Usach siguió las llamadas acciones de postvención recomendadas por la Mesa Técnica de Prevención del Suicidio de la Seremi de Salud, que propone un equipo de respuesta que dé orientaciones claras sobre los pasos a seguir, ayudas psicológicas a testigos, coordinación con autoridades y la difusión de información de forma segura. Una guía entregada a los profesores, por ejemplo, hacía énfasis en los canales de ayuda (como la línea de prevención de suicidio del Minsal *4141), en que volver a clases requería “sensibilidad y trabajo comunitario”, que los docentes no debían reemplazar la atención de salud mental, sino ofrecer espacios reconociendo lo ocurrido de forma “respetuosa y sensible”, sin la necesidad de “profundizar en detalles”.
Desde entonces, la universidad también incorporó una mesa de salud mental que, entre otras cosas, está implementando el instrumento ASQ (Ask Suicide-Screening Questions), un cuestionario de detección de riesgo suicida.
—Me alegra que se esté haciendo todo eso, pero honestamente siempre sentí que no es suficiente. En el paro hablábamos de salud mental y la necesidad de conversar sobre lo que nos pasaba y acompañarnos, pero en las charlas con expertos y actividades que ha hecho la U han ido muy pocos estudiantes. Yo misma no fui y no te sabría decir por qué. La desesperanza, ¿quizás? No lo sé —reconoce Catalina.
En la Mesa Técnica suelen comentar sobre la salud mental de los estudiantes. Este año, han mencionado justamente la desesperanza, la ansiedad y el fallecimiento por suicidio de algunos jóvenes universitarios que estudiaban en Santiago. Pero no han informado públicamente cuántos han sido por el llamado efecto Werther, que supone la imitación de la conducta suicida cuando no se aborda este fenómeno de manera ética.
Una fuente que participa de la mesa afirma tener la sensación de que hubo un aumento de las muertes este año, pero matiza el dato: la comisión de educación creció en los últimos meses, lo que puede significar que ahora están al tanto de más fallecimientos por suicidio de estudiantes que antes –lo cual no significa que necesariamente haya más–.
De todas maneras, plantea Ana Paula Vieira, psicóloga y directora de la fundación Míranos —que se especializa en la prevención del suicidio— no se puede simplificar un fenómeno como este, que “es complejo y multicausal”. Entre los factores que pueden influir en una conducta suicida están los intentos previos, la soledad no deseada, los conflictos familiares, enfermedades, un trauma, un acto de violencia, la pérdida de un trabajo, el aislamiento, dificultades financieras, ser víctima de un hostigamiento, entre otras. “Estos factores no actúan de manera aislada, ni determinan por sí mismos la conducta suicida, sino que pueden interactuar entre sí y adquirir distinta relevancia según la historia, las características y las circunstancias de cada persona”, puntualiza Ana Paula Vieira.
Ante este escenario, dice Viviana Tartakowsky, de la UBO, en una publicación difundida en sus redes sociales, son necesarias respuestas “institucionales y estatales”. En el caso de los suicidios, menciona, “el tratamiento de estudiantes debe transformarse en una política pública, porque no puede recaer únicamente en las universidades”.
Pero hay algo más que el cuidado tradicional de la salud mental, dice Lorena Herrera, académica del Departamento de Estudios Pedagógicos de la Universidad de Chile: hay que mirar hacia dentro de las salas de clases.
—El saber pedagógico por mucho tiempo fue despreciado en los espacios académicos, y afortunadamente, gracias a las presiones sociales estudiantiles y a los cambios que han traído movimientos como el feminista, en las universidades se está trabajando la importancia de la formación pedagógica de quienes enseñan en esos espacios.
Sofía menciona, desde su experiencia, que tiene “profes que les gusta meter miedo. Y me provocan a mí y a mis compañeros más ansiedad. Siento que eso igual no sirve para enseñar…”. De manera similar, Tomás comenta: “El semestre pasado tuve un profe que se enorgullecía de rajarnos. Decía: ‘Yo no pongo sietes y este es el ramo más difícil de la carrera'. ¿De qué sirve eso? A veces con mis amigos hablamos que la forma en que están organizadas las universidades, cómo enseñan, evalúan, distribuyen las cargas, y qué entienden por éxito académico está contribuyendo, de alguna manera, al malestar que vivimos”.
Desde otra vereda, hay profesores que, aunque defienden la importancia de la salud mental, cuestionan si esta no está siendo de cierta manera instrumentalizada de manera negativa por parte de los estudiantes. Es el caso de un profesor de la Universidad San Sebastián, quien justamente por saber lo “controversial” que puede ser su postura, pide anonimato: “Lo que veo hoy es que tanto los jóvenes como las casas de estudios miran la educación como un producto. Si la educación es un producto y ellos pagan por obtenerlo, entonces se les trata como clientes. ¿Y qué pasa con eso? El cliente siempre tiene la razón”.
Lo detalla: en su caso, después de un mal rendimiento en la encuesta de evaluación docente, su jefatura le pidió que bajara la cantidad de controles y que pensara en modalidades de evaluaciones “menos penalizantes”. “Antes se sabía que mi ramo era un filtro dentro de la carrera, ahora me siento obligado a pasar a todos, o a casi todos”, comenta.
Otra profesora, de la Universidad Alberto Hurtado, quien también pide anonimato, menciona otro elemento: la tolerancia a la frustración. “Lo que me preocupa es que pareciera que esta generación ve el echarse un ramo como si fuera el fin del mundo, cuando la universidad también se trata de aprender a equivocarse, a intentarlo de nuevo, a identificar en qué somos mejores o peores. Yo les digo a mis estudiantes que la vida es compleja, y ser joven también lo es: muchas veces en esos momentos están descubriendo quiénes son, están viviendo sus primeras experiencias de la vida y lejos de los padres”, detalla.
—¿Le ha pasado de tener que buscar alternativas para que un estudiante no reprobara?
—Sí. Haciendo excepciones que jamás habría hecho en otros tiempos. Pero si un estudiante me dice que si reprueba el ramo se saldrá de la carrera, o tendrá problemas con su familia o tendrá una crisis, por supuesto que me siento de manos atadas. Prefiero que esté estudiando a que sienta que la universidad no es para él.
Otros dos profesores –uno de la Universidad Católica y otro de la Universidad de las Américas– entrevistados para este reportaje dijeron sentirse “orgullosos” de seguir siendo “exigentes” en sus disciplinas, independientemente del contexto actual. En ambos casos solicitaron anonimato por temor a represalias o “funas” estudiantiles.
Para Lorena Herrera, aunque ese tipo de exigencias o formas de expresarse pueden ser prácticas consideradas “nocivas” por parte del alumnado, pueden deberse a un “desconocimiento del saber pedagógico”.
—Yo diría que la violencia menos vista pero más masificada en las universidades es la anulación de las personas en su diversidad y en su potencial. Y eso, para quienes somos pedagogos de formación, se resuelve porque nosotros sabemos que podemos enseñar de maneras diversas y podemos evaluar de maneras diversas y que tampoco hay un punto de llegada fijo, como por ejemplo la idea de la excelencia, de la calidad, del talento, de que alguien sirve o no sirve para una profesión
La presión por rendir tampoco ocurre en el vacío. Una de las preocupaciones más expresadas por los estudiantes es el futuro, en una época en la que estudiar una carrera universitaria ya no entrega las mismas certezas que antes.
El mercado laboral al que los estudiantes, de titularse, entrarán tiene muchos más universitarios que hace 15 años. De acuerdo con el Observatorio del Contexto Económico de la Universidad Diego Portales, entre enero y marzo de 2010, el 21,1% de la fuerza laboral chilena tenía educación superior completa; en el mismo trimestre de este año, la cifra llegó a 41,5%. Ese mismo trimestre, el desempleo entre quienes habían completado los estudios universitarios llegó a su nivel más alto de la serie, si se excluye la pandemia. Para algunos, la pregunta sobre qué harán cuando egresen acompaña incluso el momento en que recién están entrando, entusiasmados, en una carrera. Como Sofía en su primer día de clases.
Por Amanda Marton Ramaciotti. Ilustración Francisco Javier Olea
Autor(es):
CEEI IAEA ISAAC REA
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