El MercurioLas ideas importan y tienen consecuencias
“Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que su Creador los ha dotado de ciertos derechos inalienables, entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para asegurar estos derechos se instituyen gobiernos entre los hombres, que derivan sus justos poderes del consentimiento de los gobernados”. Así habla la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, firmada el 4 de julio de 1776. Hace 250 años, un grupo notable de hombres se reunió en Filadelfia para declarar la independencia de una nueva nación. La historia suele recordar ese momento como el nacimiento de un país. El tiempo ha ido confirmando que esto fue algo mucho mayor: una revolución filosófica para toda la humanidad. Desde luego, nuestros padres fundadores, O'Higgins, San Martín, Carrera, Portales, Bulnes y Bello, entre otros, también se nutrieron del ideario de la “ilustración”. Durante casi toda la historia, la relación entre el individuo y el poder se entendió en una dirección. Los reyes gobernaban por derecho divino; los imperios exigían lealtad; las libertades que existían se entendían como concesiones de quien mandaba, y eran revocables a su antojo. Un arreglo cómodo, en el que la inmensa mayoría aceptaba inclinarse con tal de no cargar con ninguna responsabilidad verdadera. La Declaración invirtió esa relación. No dijo que el gobierno otorgaba derechos, dijo que el individuo los poseía por su sola condición humana, que el gobierno existe para protegerlos y que su poder deriva del consentimiento de los gobernados. Era una idea antigua y nueva a la vez. Cicerón ya había escrito que existe una ley superior a la del que manda, y Locke había señalado que ningún poder es legítimo si no nace del acuerdo de hombres libres. En Filadelfia, por primera vez, esa idea se convirtió en el cimiento de una nación. Pero su grandeza no está solo en limitar al poder. Está en lo que nos exige a cada uno. Ser libre es aceptar el desafío de decidir quién y qué queremos ser, sin esperar que otro lo decida por nosotros; es pedir que el gobierno esté a nuestro servicio, y no nosotros al suyo. La libertad, bien entendida, no es un permiso, es una responsabilidad. Y la historia sugiere que, antes de 1776, la mayoría de los hombres prefirió ser cualquier cosa antes que libre. Por eso conviene recordar a Kant, que definió la Ilustración como el coraje de pensar por uno mismo: “atrévete a saber”. Salir de la comodidad de que otro piense, decida y responda por uno exige valentía. Esa es, en el fondo, la idea que celebramos hoy; no el nacimiento de una nación, sino el reconocimiento de que cada persona posee una dignidad que ningún gobierno puede otorgar, porque ningún gobierno la creó. Doscientos cincuenta años después estamos en una encrucijada. En no pocos países que se dicen libres, muchos parecen dispuestos a entregar otra vez sus libertades —y la responsabilidad sobre su propia vida— a cambio de que otros se ocupen de todo. Y ahí está la lección que más nos cuesta aprender: la libertad rara vez la derriban sus enemigos; suele marchitarse por falta de coraje de quienes deberían defenderla. Una sociedad libre no se hereda; la vuelve a conquistar cada generación que tiene el valor de hacerse cargo de su propia vida. Esa sigue siendo la idea más poderosa jamás puesta por escrito, y aún espera, en cada uno de nosotros, el coraje de estar a su altura. Nicolás Ibáñez Scott Presidente de Fundación Chile + Hoy
Autor(es):
NICOLÁS IBÁÑEZ SCOTT
Presidente de Fundación Chile + Hoy
El Mercurio Página:
2

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